El Lligall: Publicació de l’Il·lustre Col·legi d´Advocats de Granollers - VIII Concurs literari “Relat amb Toga” 3r. premi (El Lligall, núm 36)
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VIII Concurs literari “Relat amb Toga” 3r. premi (El Lligall, núm 36)
 Dimecres, 20 de desembre de 2006

El Grup d'Advocats Joves de Granollers va organitzar, en el marc de la festivitat de Sant Raimon de Penyafort, el vuitè concurs literari “Relat amb Toga”. En aquesta edició es van presentar 6 relats. En aquest número d 'El Lligall us oferim el tercer premi del concurs.

Autor: Xavier Espina i Sayol



LA VISITA DE MI VIDA

Fue un acontecimiento absolutamente irrepetible y, sin duda, inolvidable.

Estaba en mi despacho y eran las 16 horas de un jueves del mes de julio. Una tarde calurosa, cargada de trabajo, llamadas que atender, clientes esperando y juicios que preparar. Una tarde de esas en que uno tiene cierta tendencia a soltar un poco la imaginación y en verse tumbado en una playa solitaria, oyendo sólo las olas del mar y dejándose llevar por un sueño profundo. Pero había que seguir, nadie me regalaba nada y la competencia era muy dura.

Pero lo que ocurrió ese día no fue un producto de la imaginación. Llamaron a la puerta y me comunicaron que tenía la primera visita programada. Era una mujer. No había dejado su nombre al reservar la hora. La hice pasar a mi despacho, sin demoras, pues tenía más visitas que atender y muchos asuntos pendientes de solventar antes de que terminara esa densa jornada.

La señora, de unos 50 años, presentaba un aspecto del todo impecable y una apariencia que más bien serenaba el ambiente.

La invité a que se sentara y procedí a tomar nota de sus datos. A partir de ese momento, empezó mi perplejidad:

Ella cogió la palabra y, mirándome fijamente a los ojos, en un tono relajado, me dijo:

•  No vengo aquí para contarle ningún problema, sino a mostrarle mi sincera felicitación. No hace falta que se moleste en tomar mis datos, ni que intente averiguar de donde vengo, porque tal vez eso le llevaría demasiados quebraderos de cabeza. Sólo escuche atentamente lo que voy a decirle, porque su receptividad puede ser la clave para que me comprenda. Verá, yo soy alguien que está muy presente últimamente en usted, en su forma de actuar, en sus sentimientos diarios y nocturnos, en todos los pasajes que afloran a sus pensamientos. Y, sobretodo, estoy presente en cada decisión profesional que usted toma cada día, para cada uno de sus clientes. No me conoce, porque nunca ha sabido de mi existencia. Pero yo estoy muy atada a usted. Tan atada estoy, que me siento su vehículo, su razón de vivir.

•  Perdone –respondí-, pero no entiendo nada de lo que me está diciendo.

•  Usted sólo escuche, y luego ya lo entenderá –dijo con sobriedad y cierta elocuencia- . Mire, para ponerle unos cuantos ejemplos de mi gratitud hacia usted, me voy a remitir a algunos expedientes que tiene usted ahora mismo encima de la mesa; en el caso de la empresa AZULINA , S.A. usted estuvo dos meses completos sin parar (fines de semana incluídos) hasta conseguir esa deseada fusión. No hizo nada más en esos días que pensar en su trabajo, pues sabía que el beneficio a obtener en esa operación era especialmente suculento; en el caso que tiene abierto en su portapapeles, recuerde que dejó sus vacaciones pasadas para poder dedicarse plenamente a la preparación del pleito; en relación a la demanda que está terminando en su ordenador, haga memoria del tiempo que le está dedicando, además del sacrificio que significó tener que analizar y estudiar toda la documentación durante las pasadas navidades.

•  Ya basta! -le dije interrumpiéndole en un tono de gran enojo y perplejidad- ¿Cómo sabe usted todo eso de mí y de mis asuntos profesionales? ¿Cómo tiene el valor de entrometerse en algo así?

•  -Sin alterarse lo más mínimo, contestó:- No quiero entrometerme, sólo citaba tres ejemplos tomados al vuelo. Tres ejemplos frescos y actuales. Podríamos estar toda la tarde hablando del tiempo que usted dedica a su trabajo, a su profesión, a conseguir día a día una mejor posición para mejorar los beneficios de su bufete, para crecer y crecer. Lleva así más de 20 años, y su actitud resalta de la mejor forma posible mi identidad, me convierte a mí en la única protagonista de su vida. Y por eso quiero felicitarle y agradecerle la dedicación exclusiva que usted me dedica cada año, cada mes, cada día, cada hora…

•  Disculpe, pero si no me aclara quien es usted, tendré que invitarle a abandonar mi despacho.

•  Está bien, le voy a decir quien soy –expresó algo cansada de mi impaciencia-. Me llamo “AMBICIÓN”. Mejor dicho, soy la ambición. Tengo mucha amistad con el Sr. DESEO, el Sr. ANHELO y parentesco con el Sr. MEDRADOR. Y he querido presentarme a usted, después de tanto tiempo coincidiendo, después de tantos ratos a su lado, para transmitirle mi agradecimiento y mi felicitación, por haberme dejado aparecer constantemente en sus pensamientos, por haber permitido que yo sea su máxima y única referencia. Debo decirle que muy a menudo estoy entre los pensamientos de gente de su profesión, pero nunca me había encontrado con alguien que me utilizara con tanta energía, con tanta constancia. Siento que usted y yo somos casi una única cosa–.Y terminó diciendo con la voz alzada y en tono de satisfacción- ¡¡Yo, con gente como usted, soy pura e infinita!!

•  Puede explicarme qué trata de decirme con todo eso? –pregunté con cierto temor a la respuesta.

•  Lo que trataba de decirle, debe descubrirlo usted. Recursos no le faltan. Ahora, tendrá que disculparme, tengo algunas visitas más que realizar. Me esperan un cirujano muy conocido y un político que tiene muy poco tiempo para recibirme.

Acompañé a aquella intrigante señora hasta la salida, sin ser capaz de reaccionar. Cuando se iba, se volvió un momento y me dijo:

•  Ah, y no se asuste si pronto viene a visitarle una gran amiga mía. Creo que también quiere felicitarle.

•  Cómo se llama su amiga? -le pregunté sin salir de mi asombro.

•  “SOLEDAD”, mi amiga se llama “SOLEDAD” –me dijo agachando la cabeza y cerrando los ojos.

Una vez la despedí definitivamente, entré en el despacho, me dejé caer en mi sillón. Suspiré profundamente durante cinco largos minutos, cogí el teléfono y llamé a mi mujer. Primero le dije que la quería, dos o tres veces, creo, y luego le pedí que mañana se tomara el día libre, que quería llevarla a alguna parte donde charlar de nosotros y de nuestros hijos y de los nuevos planes de vida en que estaba pensando.




 

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