El Lligall: Publicació de l’Il·lustre Col·legi d´Advocats de Granollers - Entrevista a Sr. Eugenio Gay Motalvo (El Lligall, 37)
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Entrevista a Sr. Eugenio Gay Motalvo (El Lligall, 37)
 Dilluns, 26 de març de 2007

Entrevista a Sr. Eugenio Gay Motalvo

Cruz Leonor Lupiáñez Navarro
Abogado


 

Magistrado del Tribunal Constitucional desde noviembre de 2001. Académico electo de la Academia de Jurisprudencia y Legislación de Cataluña. Ha sido entre otros, Presidente del Consejo General de la Abogacía Española, Consejero nato de Estado, Decano del Iltre. Colegio de Abogados de Barcelona, Presidente de la Unión Profesional, Miembro fundador y Presidente de la Federación de Colegios de Abogados de Europa (FBE) y Presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la misma, Fundador y Director del Instituto de Derechos Humanos de Cataluña, Presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la "Union Internationale des Avocats" (UIA), Presidente del Consejo de los Iltres. Colegios de Abogados de Cataluña y Presidente de la Delegación española en el Consejo de los Colegios de Abogados de la Comunidad Europea (CCBE).

Como Decano del Colegio de Abogados de Barcelona, Presidente del Consejo General de la Abogacía Española , Presidente del Consell dels Il·lustres Col·legis d' Advocats de Catalunya, y actualmente Magistrado del Tribunal Constitucional ¿Cómo ha sido cada una de esas diferentes etapas de su vida profesional?

Todas han sido un gran honor, sobre todo, la de Decano del Colegio de Abogados de Barcelona, porque representó el reconocimiento de mis compañeros que me eligieron por dos veces como su representante. Y porque siempre me presenté como un abogado más, que es lo que soy, un abogado de un despacho normal y sencillo, que empezó con una mesa, un teléfono y una máquina de escribir , que es como empiezan casi todos los abogados.

La presidencia del CICAC y del CGAE es una presidencia por elección de los compañeros. La del CICAC se hace siguiendo un turno para que todos los decanos catalanes puedan presidir.

La presidencia del CGAE te permite la visión de todo un país y de una comunidad internacional. Entonces, ves lo que es la profesión desde mucho más arriba y si, además, has sido decano, previamente, como fue mi caso, esta otra atalaya te hace entender otras muchas cosas.

La elección como Magistrado del T.C. fue una sorpresa absoluta, pero también un gran honor. Para mí representó un reconocimiento a la abogacía pues soy el primer abogado que exclusivamente ha sido abogado y ha llegado al T.C. El único que viene de un despacho particular al T.C. he sido yo y, por lo tanto, eso lo tengo como un honor y un reconocimiento no a mi persona sino a mi profesión, a la que intenté representar con la mayor dignidad posible.

¿Qué momentos más importantes destacaría de cada una de ellas?

Recuerdo cosas que me impactaron mucho.

Cuando me senté en el sillón del Decanato del Colegio de Abogados de Barcelona pedí que me dejaran solo un buen rato porque me di cuenta de la responsabilidad que adquiría. Al ver los retratos de los grandes juristas que había allí y que me habían precedido, me asustó. Entonces pedí al cielo que me ayudase a poder sobrellevar esa carga que tenía: una parte muy bonita que era la de representar y atender a los compañeros, pero una parte muy desagradable que era tener que ejercer con responsabilidad la función disciplinaria; lo cual fue en algunos momentos angustioso, porque hay situaciones en las que incluso las infracciones deontológicas se deben a situaciones personales muy críticas de los compañeros. Eso me hizo sufrir muchísimo.

Luego otra, por desgracia, más triste, es que descubrí que había unas bolsas de gente sin posibilidad alguna económica y eso me afectó mucho. Es la problemática humana de las personas: sus enfermedades, su falta de disponibilidad económica, su incapacidad para atender el despacho por culpa de una enfermedad, la soledad de muchos abogados que vivían muchos de ellos en situaciones muy precarias, tener que sufragar los gastos de entierro de un compañero joven que no tenía familia, atender a compañeros que querían dejar la profesión por un fracaso…

Una de las circunstancias más tristes que he vivido como Decano fue la expulsión de un compañero por una falta gravísima y me tocó notificarle la expulsión: entró al Decanato, se puso a llorar y me dijo que tenía 93 años y que vivía del Turno de Oficio y que no tenía nada más para vivir. Fue uno de los golpes más duros que he recibido como Decano y propuse a la Junta de Gobierno pasarle una pensión a cargo del Colegio hasta que falleciese, pues no tenía ni Mutualidad ni Seguridad Social. Esta ha sido una de las cosas que más me han impresionado.

Situaciones que no imaginaba encontrar y en las que me di cuenta que el Decano tenía un papel muy importante en la atención a sus compañeros, sobre todo en un colegio tan grande como el de Barcelona.

Tuve la satisfacción enorme de representar a una profesión que luchaba en absoluta desventaja con el resto de sus compañeros europeos, cuando nos estábamos integrando en Europa. Fue una batalla muy dura, pero preciosa, en la que salimos con bastantes heridas, pero al final triunfamos. En Bruselas en una ocasión me dijeron: “Lo que nunca permitiremos los abogados europeos es que un abogado español sea considerado un abogado como nosotros” y yo les dije: “Ese es un problema interno de nuestro país, pero lo que yo sí les puedo asegurar es que esa batalla la vamos a ganar nosotros y no ustedes”.

¿Qué es más difícil ser Decano ó Presidente del CGAE?

Es mucho más difícil ser Decano. El CGAE está formado por gente con experiencia en llevar el timón de un barco; todos juntos llevan el gran timón del trasatlántico, todos son gente experimentada.

Llevar el timón de un Decanato es más duro, porque un Decano ha de ser como un padre, pues requiere más humanidad, más cercanía, más proximidad, y tener mucha mano izquierda pero a la vez mucha autoridad. Los colegios son una corporación de derecho público que ha de luchar por la pureza de la profesión.

¿Qué consejos les daría a los nuevos abogados que se incorporan al ejercicio de la profesión?

(Sonríe y suspira a la vez) ¡Qué difícil! Lo he dicho tantas veces que me gusta repetirlo. Sobre todo, que sepan escuchar, eso lo primero. Pues el cliente sabe que es víctima de una injusticia pero no sabe explicar concretamente lo que le ocurre. El abogado no puede ser el “alter ego” de su cliente. No se puede coger el asunto de un cliente como si fuera propio. Se ha de coger el asunto profesionalmente y, por lo tanto, salvarle de su situación jurídicamente de la mejor manera posible. Si el abogado no está fuera del cliente, no ayuda al cliente.

El abogado es un excelente profesional pero allí donde más puede lucir y realizarse es en el derecho matrimonial; ahí es donde el abogado adquiere toda su grandeza, pues es confidente (escucha), es consejero, es árbitro, y en última instancia es defensor y es, además, compañero de las fatigas de la persona que está angustiada.

En el derecho penal se sufre más porque en muchas ocasiones lo que está en juego es el ingreso en prisión, por lo tanto, muchos años de privación de la libertad de las personas.

No hay sentencia, ni la del más alto Tribunal que no tenga su origen en un acto de un abogado. Es decir, en un momento en el que el abogado se ha planteado su demanda, su contestación, su denuncia o querella, la ha llevado al juzgado, la ha defendido y ha conseguido convencer en derecho al órgano jurisdiccional.

El segundo consejo, que estudien siempre, que no dejen de estudiar nunca.

Y en tercer lugar, que se olviden del tiempo. La abogacía es una profesión muy sacrificada que requiere estar al tanto siempre. Yo recuerdo una Nochevieja en que la estábamos preparando con mi mujer y mis tres hijos pequeños con muchísima ilusión. Estaba muy cansado y me pasé toda la noche en el Juzgado de guardia. Podría no haber ido pues no era un asunto de oficio, por lo tanto no estaba obligado a ir, sin embargo estuve allí con una buena mujer que estaba sufriendo una injusticia y que conseguí que saliera del Juzgado de guardia y pudiera pasar la Nochevieja con su familia.

Han de saber que antes de cinco años no serán abogados por más que quieran. Entre los cinco y diez años de ejercicio van a crear su propio despacho, por lo tanto, hay un periodo de diez años que ninguna otra profesión tiene en la que no sabes si vas a poder triunfar o no. No todo el mundo puede aguantar eso; he visto abandonar a mucha gente que he creído que podían ser grandes abogados y a muchos de ellos les he rogado que siguieran siéndolo.

A los que ya son más veteranos en el ejercicio de la profesión ¿Les daría los mismos consejos?

A los que no son tan nuevos les diría lo siguiente: en España hay excelentes abogados y en los colegios pequeños es donde he descubierto los más impresionantes abogados y de los que más he aprendido porque no son especialistas en nada y son especialistas en todo.

Recuerdo que en un colegio pequeño, al salir de un acto colegial, pasamos por delante del despacho de un abogado que era un hombre muy mayor y no tenía placa. Se le preguntó por qué no la tenía y nos dijo: “Yo soy un producto que no se anuncia”. Y es cierto. Los abogados no somos un producto que se anuncia, porque no somos un producto, somos un servicio profesional.

La publicidad tiene una parte muy importante porque vivimos en un mundo de la comunicación, pero si detrás de eso no existe la eficacia, por más anuncios que se tengan, nunca se tendrá la confianza. Por eso el abogado que triunfa es el abogado que es llamado a su puerta por aquellas personas que han oído hablar bien de él.

Cada asunto que se gana es prácticamente la certeza de un nuevo cliente y cada asunto que se pierde por desidia ó dejadez del abogado significa la pérdida de muchos clientes. Por eso no sustituirá nunca la publicidad a la excelencia del ejercicio de la profesión.

En las ciudades pequeñas al no haber habido una especialización tan grande porque la vida es más sencilla y los problemas afectan en general a todo el mundo, los grandes abogados de estas sociedades son personas de una gran humanidad y de un gran conocimiento jurídico. Son personas que se van haciendo día a día, ganándose la confianza de sus clientes, que son sus conciudadanos. No hay que ir a buscar a los clientes al otro lado del Atlántico o al otro lado del Pacífico, pues los clientes hay que encontrarlos entre los tuyos. El abogado es aquel ciudadano que acompaña jurídicamente a los suyos en la defensa y en el asesoramiento jurídico.

¿Cree que la justicia del constitucional está cercana a la ciudadanía?

Diría que la ciudadanía tiene una gran confianza en el T.C, pero el T.C., desgraciadamente, no es un tribunal de justicia y por lo tanto no somos una tercera instancia, por lo que no podemos reparar los desaguisados jurídicos que pueda hacer la jurisdicción ordinaria, que tampoco son tantos.

Nosotros únicamente podemos reparar las vulneraciones de derechos fundamentales que no han sido reparadas en la instancia anterior. Juez constitucional lo son todos los jueces en España y el T.C. es la última instancia en virtud del artículo 53.2 de nuestra CE que prevé precisamente el recurso de amparo para la vulneración de derechos fundamentales.

Un 98% probablemente de los asuntos que llegan al TC son inadmitidos, porque son presentados fuera de plazo (aunque parezca algo insólito); otro porcentaje alto es porque no se han agotado las vías previas. Solamente estas dos causas ya ocupan un 20% de los asuntos que nos llegan.

Todo lo que es legalidad ordinaria, aplicación del derecho, interpretación de las normas jurídicas, etc. todo esto le corresponde al juez ordinario y no al constitucional.

Pero prueba de que hay una gran confianza de los ciudadanos en nuestro país en el T.C. es que llegan muchos asuntos, yo diría demasiados y ahí si que los colegios de abogados tendrían que hacer un esfuerzo de pedagogía sobre cuál es la función del T.C.

Somos, en definitiva, el supremo intérprete de la C.E. y en ese sentido en España el T.C. tiene una importancia capital, pero siempre subsidiara, pues quien debe aplicar la C.E. es el legislador, el gobernante, el juez. Solo cuando ellos no la han cumplido o así lo crea algún poder legitimado para ello que va desde el ciudadano hasta el presidente del gobierno (individuo hasta instituciones) entonces el T.C. es el máximo intérprete de la C.E. Y , entonces, es cuando anulamos sentencias, expulsamos del ordenamiento jurídico normas, leyes y artículos y anulamos actos de los poderes públicos.

¿Cree que el poder legislativo legisla de forma adecuada ó con un poco de ligereza?

A veces los Parlamentos tienen una cierta propensión a legislar continuamente. Vivimos una vida muy acelerada que nos obliga a legislar, pero no es bueno que el ciudadano no conozca la legislación, incluso, a veces, los profesionales del derecho no conocen tampoco la legislación, ni los jueces tampoco la conocemos. Por lo tanto, el esfuerzo que se ha de hacer para seguir la vida jurídica de un país es exagerado. Las leyes se han de publicar y publicitar. Las leyes se tendrían que meditar muchísimo, no hacerlas ligeramente y sobre todo que estén muy pactadas porque la legislación no ha de ser ortopédica al fluir de la vida; ha de ser la piel de ese fluir.

¿Cómo fue su acceso al Tribunal Constitucional?

Es complicado. Vine precisamente por casualidad, estas cosas nunca se saben. Cuando se tomó la decisión de que yo viniera al T.C. estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos por un problema de salud muy serio que había tenido y, por lo tanto, no me enteré del proceso. Tuve el honor que me propusieran los dos grupos políticos mayoritarios como persona de consenso. Eso quiere decir, lisa y llanamente, que la abogacía es independiente.

¿Cómo influye su trabajo aquí en Madrid en su vida personal establecida en Barcelona?

Cuando vine a Madrid para instalarme y vivir aquí toda la semana decidimos que fuera así: estoy aquí desde el lunes que cojo un avión de Barcelona, a primera hora, hasta el viernes al mediodía que como en mi casa en Barcelona. Tomamos la decisión de hacerlo así, pues todavía teníamos una hija con quince años y decidimos que siguiera en su entorno de allí. Los fines de semana estamos siempre juntos y si yo no puedo ir, mi mujer viene aquí. Allí en Barcelona tengo a tres hijas, dos nietos y mi mujer. Tengo un hijo aquí en Madrid, lo cual me permite llevar también un poco de vida familiar aquí, en Madrid, con él.

 

PERSONALISIMO:

Madrid o Barcelona: Barcelona

Su mejor momento profesional: Cuando fui investido abogado.

Un momento de su vida personal en el que hubiera parado el tiempo: El nacimiento de mi hija

Un sueño por realizar: Leer todos los libros que tengo pendientes de leer

De lo que nunca se separaría: Mi familia

El pilar de su vida: También, mi familia.




 

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