El Lligall: Publicació de l´Il·lustre Col·legi d´Advocats de Granollers - IX Concurs literari ´Relat amb Toga´ : 2n premi (El Lligall 39)
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IX Concurs literari ´Relat amb Toga´ : 2n premi (El Lligall 39)
 Dijous, 25 d'octubre de 2007

El Grup d´Advocats Joves de Granollers va organitzar, en el marc de la festivitat de Sant Raimon de Penyafort, el novè concurs literari “Relat amb Toga”. En aquest número d´El Lligall us oferim el segon premi del concurs.

Ramon Ignasi Palau de la Nogal


WE´LL MEET AGAIN

Nos habíamos cruzado en varias ocasiones por los pasillos de los juzgados, siempre con la prisa por compañera, sosteniendo el maletín, expedientes y toga al unòsono. No habíamos intercambiado más palabras que un tímido "hola" y "adiós" y alguna que otra mirada fugaz y furtiva, con el temor de que fuera interceptada por el otro, lo que en ocasiones sucedía.

Aparentemente nos atraíamos, sí. Y en nuestro fuero interno, aunque no lo exteriorizáramos, creo que lo sabíamos. Eso lo deduje una mañana de febrero, esperando en la antesala, devorado por los nervios, pues a mi cliente se le había antojado llegar tarde, a que se celebrara un juicio de faltas que casualmente tenía señalado inmediatamente antes que el de ella.

Me hallaba sentado en uno de los vetustos bancos del edificio judicial, repasando las últimas notas antes de que el bedel citara a las partes al acto de la vista, cuando mi ensimismamiento se vio interrumpido por el tosco repiquetear de unos zapatos de tacón sobre el suelo de terrazo, ascendiendo por el hueco de la escalera, mezclándose con el apabullante murmullo que reinaba en la estancia: toc, toc, toc.

¡Era ella! Pasó delante de mò, precedida por un suave perfume de jazmòn y almizcle que me embriagaba los sentidos, y se sentó en el banco contiguo al que yo ocupaba.

Ambos disimulábamos torpemente, haciendo ver que no nos habíamos percatado el uno de la presencia del otro, ora abriendo y cerrando una y otra vez el maletín, u ojeando detenidamente un Código cuyas disposiciones en absoluto eran aplicables al asunto que nos ocupaba, pasando una página detrás de otra, aparentando estar instruyéndonos acerca de su contenido, que para el caso era intrascendente.

Simulando hallarme en un catatónico estado de absoluta concentración, con la vista perdida en algún punto de la desconchada pared desnuda, la contemplaba a través del rabillo del ojo, empapándome de ella, de todo su ser y esencia, a través de cada una de mis neuronas, que estallaban una tras otra en luminosos haces de luz: la suavidad de sus facciones, los bucles de su pelo dorado cayéndole desordenadamente por la espalda, sus ojos de intenso verde esmeralda, como la absenta. Y esas largas piernas de muslos contorneados a base de interminables sesiones de spinning y steeps, insinuándose sugerentes a través del corte de su falda.

Súbita e inopinadamente, alguien osó poner su mano sobre mi hombro, sino profanando, cuando menos interrumpiendo, esa orgía desmesurada y sin desenfreno de energía pulsional que fluía en mi yo más irracional. Di un respingo, a causa del cual los papeles que tenía sobre el regazo cayeron, desparramándose sin orden ni concierto sobre el suelo.

Era mi cliente que, encorvado y sosteniendo la enormidad del peso de su cuerpo sobre mi hombro a través de cuatro dedos regordetes como morcillas, jadeaba como un chacal, exhibiendo desvergonzadamente la lengua a través de la ranura de su boca, rematada por una hilera de pequeños dientes puntiagudos. De su cabeza colgaban dos enormes mofletes colorados que descansaban sobre una mullida papada.

A través del ceño fruncido, como si de un dardo envenenado con cicuta se tratase, le lancé una mirada severa e iracunda, recriminando desafiante su impuntualidad, lo que captó espetando un ronco "me he dormido macho". Le sostuve la mirada por unos instantes, que quedaba velada por el grosor de los vidrios de sus gafas redondas con montura de alambre, lo que unido a la sonrisa hermética y socarrona que se insinuaba en su cara, no me permitía dilucidar exactamente si se estaba mofando de mí.

Me puse a recoger cada uno de los folios, gateando sobre el suelo, cuando mi mirada se cruzó con la que ella me lanzaba a través del verde eléctrico de sus ojos, como diciéndome "me gustas, me atraes, ¿es que no te das cuenta?". Postrado a sus pies, observándola con las cejas enarcadas, asentò levemente con la cabeza, respondiendo el mensaje que telepáticamente propulsado desde lo más profundo de su mente, se evidenciaba a través de sus pupilas dilatadas. Nos quedamos el instante de un milenio paralizados, ella sonriendo, yo perplejo a cuatro patas sobre el suelo, el mundo de gelatina alrededor nuestro temblando imperceptible, cuando de repente el bedel salió de la sala dando un portazo para anunciar a voz en grito el número de juicio que a continuación se iba a celebrar, el mío, el de mi cliente, o más propiamente dicho el de ambos contendientes, requiriendo la entrega de sus carnés y el de los Letrados. Sosteniendo su mirada imperturbable, me incorporé lentamente, blandiendo un manojo de papeles arrugados y me dirigò al agente judicial para cumplimentar su categórico exhorto de entrega de carnés para su diligenciamiento.

Antes de que la puerta de la sala se cerrara aislándome del mundo de los vivos, volvò la cabeza y ella me obsequió con un guiño de ojo, exhibiéndome la sombra gris perla de su párpado. ésa era la señal definitiva, la evidencia que en aquel momento precisaba.

No recuerdo, o no me quiero acordar, cómo acabó ese juicio, si a mi cliente le condenaron o le absolvieron. Para el caso, qué más da. La cuestión es que pasaron los días y no la volvò a ver. No tenía señalados juicios, lo que no era impedimento para dejarme caer a diario por el Juzgado con el vago pretexto de consultar cómo estaba cualquier expediente, cosa que no hacía con habitualidad, incluso los de los otros compañeros de despacho, a los que ya les empezaba a extrañar tanta solicitud y predisposición por mi parte.

Como un errante persiguiendo una sombra estable, deambulaba por los pasillos, buscándola desesperadamente para simular un encuentro casual si la veía, y como aquél que no quiere la cosa, entre risas y comentarios banales, invitarla a cenar, comer o desayunar conmigo. Lo que fuera. Pero nada de nada. No me volvò a topar con ella.

Consolándome con un afligido "ya se te pasará la tontería", busqué pasar página y sumergirme consternado en las arenas del olvido con el corazón hecho añicos.

Pero tras el largo invierno viene la primavera, y con ella la festividad colegial que llevaba esperando impaciente desde hacía un año, la de Sant Raimon de Penyafort.

Sobre la una y media de la madrugada, con la fiesta carburando a pleno rendimiento a ritmo de hits negros de los setenta, estaba departiendo con un grupo de colegas, susurrando grandes y medias verdades, detalles del pasado y chismorreos actuales; actualización de separaciones, rupturas inesperadas, las nuevas cornamentas, cambios de faenas y los proyectos dorados de siempre. Todo envuelto en perfumes arrebatados dejando rastro, colisionando entre ellos, profusión de oscuros estilizando, burdeos brillantes, rojo gualda y azul añil. Y diseños floridos, vitrales góticos y mosaicos, Paul Klee y también Mondrian sobre retratos cárnicos al más puro estilo David Hockney. Murmullo social entre corrillos, con sus respectivos portavoces partiendo de tribu en tribu con las buenas nuevas. Quizás alguno con alguna copa de más, pero ante todo mucha corrección.

Alguien se acercó por mi espalda. No la reconocò al momento, ya que las luces de la fiesta cubrían su avance en un contraluz cuajado. Le precedían esas tenues notas inconfundibles de jazmòn de su perfume.
- Hola -proclamó risueña con una sonrisa indeleble en los labios.
- Hola -le respondò exhibiéndole la más amplia de mis sonrisas, enmarcada por dos prominentes hoyuelos. -No te he visto en la cena-, mentò.
- ¿Quieres bailar conmigo? -me invitó haciendo un ademán con la cabeza.
- Pueeeees...Por supuesto! -acepté encantado.

Al son del lento compás de una canción de época, ella con sus manos enlazadas en mi espalda y yo con las mías ceñidas en su cintura, nuestro cuerpos se iban aproximando más y más el uno al otro, hasta que sólo medió un escaso centòmetro entre ambos.
- ¿Esa no es la canción que sale al final de...-iba a preguntar-
- ...sí, de la pelòcula de "Doctor Strange Love", de Peter Sellers y.....
- …George C. Scott...
- "We'll meet again", de Vera Lynn, “Nos volveremos a encontrar”.

Sin que ella se lo esperara, le robé un beso correspondido de sus esponjosos labios encarnados, al que siguió otro. Y otro más. Nuestros cuerpos estaban ahora fusionados bajo el soplo de la luz dorada de polvo y vapor proyectada desde un foco. En un aleteo, la luz plana cambió a estroboscópica; burbujas evanescentes multicolor llenaron la sala persiguiéndose, llorando turquesas y malvas, lima y verde cristalino; lava azul plástica chapoteando, trepando por nuestros cuerpos, untándonos de arriba a abajo y desaguando en el techo, convertida la cubierta de la sala en una radiante Capilla Sixtina. Flotando a nuestro alrededor, el silencio resonante de aguas heladas subterráneas, cada vez más presente y pavoroso, inspirado, expirado, entrecortado por el tambor de mis latidos. Y nos fuimos de ahò cogidos de la mano.




 
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