El Lligall: Publicació de l´Il·lustre Col·legi d´Advocats de Granollers - Relat amb Toga: 3r premi (El Lligall 40)
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Relat amb Toga: 3r premi (El Lligall 40)
 Dijous, 27 de desembre de 2007

El Grup d´Advocats Joves de Granollers va organitzar, en el marc de la festivitat de Sant Raimon de Penyafort, el novè concurs literari “Relat amb Toga”. En aquest número d´El Lligall us oferim el tercer premi del concurs.



Autora: Francisca Sola Trujillo
Pseudónim: Luz de Gas

DEDICO ESTE RELATO A TODOS LOS ABOGADOS - ALGUNOS DE ELLOS FIELES Y BUENOS AMIGOS - QUE A TRAVéS DE LOS AñOS HAN SABIDO CONSERVAR EL BRILLO DEL PRIMER día EN SU MIRADA.

Me encontraba en mi solemne e impresionante despacho situado en el edificio Dakota, desde donde podía divisar con toda nitidez el pulmón de la ciudad: Central Park. A lo lejos y por encima de los árboles veía como cada día, un grupo de abogados dirigiéndose hacia su lugar de trabajo : “Gordon and Gordon Abogados Asociados”. Llevaban la cartera de cuero grande y desgastada colgada al hombro, algunos iban comiendo un hot dog, otros bebían de un gran vaso, todos sin excepción iban alegres y parlanchines. Pronto los vería salir dirigiéndose a las distintas cortes de justicia; con paso ligero, firme y con aquel odioso brillo en la mirada, distintivo de todos los abogados que trabajaban en aquel bufete, que tenía como clientes a las minorías raciales más discriminadas: A los más pobres, a los más desprotegidos. así les iba, no habían pintado la fachada en los últimos treinta años.

Qué diferencia del bufete que yo presidía; situado estratégicamente delante del Central Park, para que ningún edificio proyectara sobre él su sombra; espacioso, elegante y preparado hasta el último detalle para recibir a lo más selecto de la sociedad neoyorquina. Los juristas que trabajaban en él procedían de las mejores universidades del país, su preparación era impecable, su presencia impresionante. Vestían trajes de las mejores marcas, y hasta el último complemento de su atuendo era de un lujo exquisito. No había abogado en toda la ciudad que no les temiera, porque unido a su preparación tenían todos los medios y todas las influencias a su alcance. Todos menos ellos : “Gordon and Gordon”, debajo de aquellos trajes sencillos y sobrios, se escondían hombres y mujeres férreos, íntegros, nada les detenía. Conocían bien las leyes, sabían todas las sentencias aplicables al caso, no bajaban la guardia ni un solo instante. Y lo peor de todo es que su mirada, siempre brillante, hacía claudicar a jurados, magistrados y hasta a mis propios subordinados.

Durante años intenté que esos abogados de mirada brillante trabajaran para mò, pero jamás lo conseguò. Eran insobornables, dependían solo de su ética, que era la misma que la del viejo Gordon. Nos conocimos siendo ambos muy jóvenes, defendiendo él a un negro que había subido a un autobús solo para blancos , y yo por supuesto representaba a la empresa que no podía tolerar esa intromisión. Tenía el caso ganado, la ley no protegía a ese negro, no había ningún precedente que justificara ese hecho. Pero Gordon supo usar tan hábilmente el avance que los derechos civiles estaban logrando en ese momento en todo el país, supo manejar tan bien a los medios de comunicación, apelar tan bien a la justicia divina , que se metió al jurado en el bolsillo. El negro salió no solo absuelto sino en olor de multitudes. Una oleada de personas, presididas por el carismático Martín Luther King, lo vitorearon a la salida. No olvidaré jamás ese día, me costó meses reponerme de la humillación que me causó perder ese caso a manos de ese hombre, al que yo consideraba muy inferior a mò en todos los sentidos. A partir de ese día no he logrado vencerlo ni una sola vez, y lo peor no es que siempre gane, con serlo mucho, sino que cada día tenía que verlo en las cortes a las que acudíamos, y cada día me miraba con esos ojos que no envejecían y con esa mirada que no se apagaba. NO PODIA SOPORTARLO.

Pero esa situación pronto iba a cambiar; hoy por fin mis esfuerzos iban a ser recompensados. Estaba esperando a uno de los abogados de su equipo, había entrado a trabajar hacía más o menos diez años. Era el más joven, el más tenaz, el más valiente; no solo brillaba su mirada sino toda su cara cada vez que se enfrentaba a un jurado. Nunca hubiera pensado en él, porque su ética al igual que la del resto del equipo era inquebrantable; pero un día festivo, hacía unos dos meses, lo vi a lo lejos con un grupo de amigos. Iba vestido con ropa informal, con una rápida mirada fruto de una larga vida experta en estos temas, vi que los jeans eran de Armani, la camisa de Versace, los zapatos deportivos de Louis Vuitton, y sus gafas de sol de Dolce Gabbana. Me extrañé porque no era el atuendo que solían llevar los componentes de Gordon and Gordon, a los que había investigado uno a uno durante años. Lo seguò más por curiosidad que por esperanza, ya que hacía tiempo la había perdido, y al verlo mirar con envidia un Lamborgini que se dirigía hacia Rockefeller Center, supe que ese era mi hombre.

Lo vi llegar y cruzar el umbral del edificio. Vestía un modesto y sobrio traje, y su mirada, como siempre, era extraordinariamente brillante. Rápidamente di un vistazo a mi despacho; todo estaba en su sitio, ladeé la foto que me había hecho en mi nuevo barco para que estuviera en el campo de visión del joven Alex Norton, que así se llamaba. Movò un poco el Picasso colocado detrás de mi mesa, y bajé las mangas de mi lujosa camisa para que se vieran bien los gemelos de oro y diamantes comprados en Tiffanis.

Alex Norton entró y con una ligera mirada abarcó toda la estancia, y todo lo que yo había preparado minuciosamente entró por sus ojos, y todos sus sentidos se emborracharon de lujo.

-Buenos días, Alex, le agradezco mucho que haya aceptado la invitación.
- Déjese de preámbulos absurdos y vaya al grano ¿Que quiere de mò?
Vaya, empezábamos bien, y los ojos le relampagueaban; ¿me habría equivocado?
Cuando acabamos la negociación estaba agotado. Jamás el bufete había realizado un contrato económico tan desventajoso, había cedido a todas sus pretensiones. Todas, menos una: las normas de conducta las dictaba el despacho, o sea yo, no el abogado; Este quedaba supeditado a lo que se le mandara, vulnerara o no sus normas éticas. El contrato quedó firmado y totalmente bloqueado. No podría impugnarse ante ninguna corte de justicia. HABIA GANADO.
Lo estaba esperando de nuevo, hoy era su primer día de trabajo; La secretaria anunció su presencia, y me dispuse a recibirlo. En el umbral de la puerta pude apreciar la transformación en su indumentaria, toda ella era de un lujo exquisito. Sus ojos se escondían detrás de unas gafas oscuras de Ralph Laurent. De pronto, y mientras se quitaba las gafas, sentò una sensación de pánico: su mirada era opaca, triste, SUS OJOS NO BRILLABAN y su rostro había perdido toda la luz.

Desesperado, di una vuelta por el despacho, miré por la ventana y en mi ángulo de visión descubrò al viejo Gordon mirando hacia arriba. Su mirada era más desafiante y más brillante que nunca; pero allò, en el fondo, ¿había un punto de tristeza?



 
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