El Lligall: Publicació de l´Il·lustre Col·legi d´Advocats de Granollers - X Concurs literari “Relat amb Toga” . 3r premi (El Lligall 44)
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X Concurs literari “Relat amb Toga” . 3r premi (El Lligall 44)
 Dijous, 18 de desembre de 2008

El Grup d’Advocats Joves de Granollers va organitzar, en el marc de la festivitat de Sant Raimon de Penyafort, el desè concurs literari “Relat amb Toga”. En aquest número d’El Lligall us oferim el tercer premi del concurs.

Autor: Ramon Ignasi Palau de la Nogal

Títol: La estatura de los enanos



Mis pies. Sorprendentemente enormes, aparecen enfundados en mis mocasines “Prada” favoritos, con los que, al caminar, siempre siento tentaciones de ponerme a brincar. Precisamente de lontananza me llega el “Quem Tem Medo De Brincar De Amor” de Os Mutantes, perjudicada la canción por una herrumbrosa refracción, como patinando entre cristales. No obstante, el alegre ritmo brasileño marcado por una síncopa de bajo, órgano y batería muy bailable me incita a mover los pies. Son realmente grandes, demasiado. Al agitarlos, una brisa batida me llega del suelo, como si en lugar de pies fueran alas de un bicho medianamente grande, un buitre, por ejemplo. Decido incorporarme cuando mis posaderas me comunican que estoy sentado. Descubro entonces, al activar mi cuerpo, unas piernas dramáticamente cortas enfundadas en unos pantalones “Ermenegildo Zegna” color turquesa. “No puede ser…”, me digo extrañado con los brazos en jarras, pero con algo de sorna tomando mi voz, “…si hace un rato las tenía enteras”.

Sin embargo, no me acuerdo de la última vez que me vi. Ni de lo que hice. Eso sí, mis “Prada” siguen siendo tan cómodos como de costumbre. Sé que debo hacer algo importante, perentorio, pero no atino a adivinarlo. Los nervios del desaliento, viniendo de menos a más, me ponen en movimiento, guiado por una energía pulsional. Es cuando percibo cierta dificultad al desplazarme, como si anduviera descalzo por un banco de rocas irregulares. A cada paso se me tuercen los tobillos aunque las suelas de los “Prada” hacen un trabajo irreprochable.

Me hallo en una especie de desfiladero angosto en forma de uve secundado a ambos lados por paredes de material plástico, a una de las cuales me arrimo alzando los brazos en un intento desesperado por alcanzar la arista de la cima, pero ni de puntillas alcanzo a tocarla con la punta de los dedos de las manos. “Malditas piernas de enano”, les dedico, aunque mantengan mi cuerpo enderezado y en perenne equilibrio. Sigo avanzando hasta llegar a una intersección: en todas direcciones se erigen paredes plastificadas de tonos grisáceos. “¿Un laberinto?”, me cuestiono.

“Debo salir de aquí, debo acabar algo, pero no sé qué”, resuena mi voz, instándome a probar algo, lo que sea. Tomo impulso y tras una carrerilla de cuatro zancadas, doy un brinco y alargo los brazos hasta aferrarme con la yema de los dedos a la arista de la cima de una de las paredes, de la que quedo suspendido, balanceándome. En un esfuerzo titánico, flexiono los brazos para auparme hasta la cúspide, sobre la que me dejo caer, agotado pero victorioso. La música de Os Mutantes -ahora suena la más procaz “Ave Lucifer”- me llega en mejores condiciones, sin tanta distorsión ni regusto metálico. La voz melosa de su cantante, Rita Lee, la tristeza en la melodía, la mixtura de cuerda, arpas y timbales me provocan un pálpito espantoso, similar al despertar de un mal viaje de ácido lisérgico.

Una sensación de indefensión me embarga la conciencia, más cuando constato mi condición de náufrago. Porque, desde la atalaya sobre la que me hallo, me descubro rodeado por islas cuadrangulares de plástico de esquinada y vigorosa simetría, idénticas a ésta sobre cuya cima estoy, dispuestas en ordenadas hileras como premolares uniformes brotando de unas encías gigantes. En la más absoluta soledad. Y sin saber por qué. Sin saber de ese cometido que llama a las puertas de mi mente repetidamente instando a que piense, a que resuelva. Como ese crucigrama que se nos atraganta y nos despierta en plena noche con la respuesta errónea y la cabeza hecha un mosaico. La desazón me lleva a revolverme por los seis metros cuadrados desplegados bajo mis plantas. Resigo unas líneas negras que se perfilan por el gris aburrido del suelo. Mi mente aguza el ingenio tratando de dar en ese trazo con la clave a mi desasosiego. No alcanzo a ver nada más que esas ínsulas uniformes ordenadamente dispuestas, estáticamente aburridas, con ese color gris macilento de campo de concentración. Se me ocurre saltar tratando de otear. Al caer, la superficie plástica se retrae sobre si misma como un muelle para impeler de nuevo mi cuerpo disparado hacia arriba, ganando altura. Así, en la posterior caída, ya concentro mi fuerza en los “Prada” para conseguir mayor elevación en el siguiente rebote. Primero, un tímido medio metro, luego doblo a uno completo. En un tercer intento, fuerzo esos esquejes que tengo por patas para hundirlos en el suelo y consigo unos dos metros. A la cuarta, la vencida. Pierdo el miedo y la prudencia y subo a tres metros. Otro más, con ahínco saltimbanqui, y el nuevo brinco me lleva a los cinco metros. Algo comienza a vislumbrarse bajo mis pies. Para comenzar, el dibujo en mi montículo: “¡Parece…parece una letra!”, me oigo empastado con el recién iniciado “Panis et circensis” de Os Mutantes sonando ya a plena potencia. Su fanfarria inicial me tensa como un jockey en su montura preparando la salida.

Al siguiente salto, desde lo alto, distingo la letra H delineada sobre la superficie gris lechosa de uno de los promontorios. Pero hay más. A ambos lados de esa letra asoman la G y la J. Al desplomar mi peso para un nuevo envite, tengo resuelto el primero de los enigmas. “¡Atrapado en un teclado de ordenador!”, aúlla mi cráneo, aterrorizado pero, a la vez, jocoso. Un siguiente bote eleva mi reducida envergadura a los seis o siete metros para corroborar la sopa de letras que se delata bajo mis pies en un magma gris roñoso. Ante mis ojos, por contraste, reluce, mortecina, la luz evanescente de la pantalla de ordenador, aproximándose y alejándose, según asciendo o desciendo. “¡Claro!”, exclamo alborozado, “todo esto se debe a que mañana me finaliza el plazo para presentar una contestación a una demanda que anoche dejé a medias”. Segundo enigma disipado, lo que me anima a cambiar la trayectoria, inclinando mi cuerpo enano, para aterrizar en la vecina tecla de la letra G.
Al alcanzar la vertical de la pantalla del ordenador en otro poderoso brinco, aparece en ella la “G” que acabo de pulsar, borboteando en el blanco fluorescente. Caigo a plomo sobre la misma tecla y salgo escupido.

“¡Más difícil todavía!”, grito al probar y conseguir un tirabuzón con mi cuerpo. “¡Estemos por la labor!”, me replicó, viéndome caer en la letra T. “De acuerdo”, me contesto, contraviniendo la gravedad mientras busco sentido a esta quimera.

Indecisión sobre la T, la R, la D (en mortal hacia atrás), más vacilación en la C, la V y la G y aterrizaje en la barra espaciadora. “Esto va a ser más complicado de lo que creía”, me digo. “¡Pues céntrate!”, me responde mi quijotera. “No puedo”. “Un principio y verás como todo fluirá”. “Había una vez un circo”. “¡Sin coñas!”. “¿Y me puedes decir como pararemos esto, cómo saldremos de aquí?”, ahora es mi desesperación la que murmulla, dejando diluir la pregunta en la oscuridad. Mi cuerpo de pulga circense se ha repasado todo el teclado de arriba abajo, puntos, comas y acentos inclusive. “Pues supongo que cuando acabemos”. Entre medio, Os Mutantes funden su “Ave, Lucifer” con la legendaria “Bat Macumba”. “¡Empecemos!”, me digo al proyectarme sobre la mullida y espaciosa tecla del “Enter”. En el brinco siguiente, localizo la A sobre la que me arrojo con la decisión de un infante paracaidista. “AL JUZGADO…”, comienzo el escrito saltando de tecla en tecla como un insecto furioso convertido en letrado meteorito; acabada la misa eléctrica del “Bat Macumba”, lo concluyo rematándolo con un “…teniendo por presentado este escrito con los documentos y copias que se acompañan, se sirva admitirlo…” Agotado, dejo caer mi culo en la tecla del punto. El cuerpo, hecho un ovillo, sudando la gota gorda, maldiciendo mi baja forma, se extingue en el cansancio. Suena ahora otra de Os Mutantes, “Le premier bonheur du jour”, una balada, pausada y arrastrada, con un melancólico bouquet a años sesenta.

Con la cintura entumecida y los tobillos ardiendo, mis ojos buscan el fulgor cadavérico de la pantalla sobre las primeras filas del teclado. Inclino el cuerpo y me precipito de un salto sobre la pantalla. Y ahí me quedo. Pegado al cristal, como una luciérnaga prendida al resplandor, probando a leer la última hoja del escrito convertida en una procesión de hormigas cabezudas. En poco tiempo pierdo adherencia y comienzo a resbalar por la pantalla de forma lenta y paulatina. Estoy demasiado cansado para luchar. Me deslizo como mantequilla fundida hasta precipitarme al vacío.

Recuerdo que un vértigo espantoso me despertó, como si trataran de robarme la barriga. Fue un instante, el justo para comprobar que todo había sido un sueño. Que eran las cinco de la mañana en la penumbra y que, en mi telaraña cavernosa sólo conservaba mi imagen patinando por la pantalla al vacío. Al poco, un bostezo de túnel del metro, me devolvió a la almohada. Con un frío cristalizado en la cara.



 
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